Zion White – Contribución del Máster de Esparta

Un día en la vida de un guerrero…

Mi largo viaje comenzó en busca de comida y recursos para mi ciudad. El sol de la mañana ya estaba ardiendo y mi corcel sufría de sed de la larga cabalgata durante la noche. Me detuve junto al río para refrescarnos. Arrodillado a la orilla del río, puse las manos y las sumergí en sus aguas frescas. Con un rápido movimiento me tiré un poco de esa deliciosa agua fría por encima de mi cabeza, pasando mis dedos por mi pelo. Mis manos una vez más cogieron agua y la llevaron a mis labios resecos. Bebí como si fuera vino de los dioses. Mi corcel, agotado por la cabalgata del día, bebió de las aguas hasta saciar su sed.

Sumergí mi bufanda en el río y la escurrí, colocándomela sobre mi cuello. Levantándome de nuevo, miré a través del terreno y contemplé una ciudad, resplandeciendo en el fondo. Espiras altas y orgullosas se erguían majestuosamente contra las arenas del árido desierto.

Llamé a mi corcel, quien levanto la cabeza al oír mi llamada y resopló respirar caliente a través de su nariz. Se acercó y quité la silla de montar y una manta. Llevé la manta hasta el río, y la mojé completamente. Le puse la manta en la espalda y el cansado corcel emitió un estridente chillido de satisfacción. Coloqué la silla de montar nuevamente sobre su espalda y até los cinturones alrededor de su torso. Su cabeza se balanceaba hacia abajo, como si supiese que teníamos una nueva misión en la que embarcarnos.

Golpeé mis piernas para aflojar el polvo de los días de viaje y limpié mi casco. Me coloqué bien el cinturón, saqué mi gladios de su vaina y recorrí mi pulgar por su filo. Satisfecho, la volví a envainar, agarré las riendas y tiré con fuerza de ellas a la vez que tocaba el costado de mi fiel corcel. Esta era una señal bien conocida por él, que lo había impulsado a muchas batallas. 

La ciudad, reluciente, pero tranquila, estaba ahora a una distancia cercana. A medida que me acercaba, me di cuenta de que las puertas estaban abiertas, como si esperasen a un visitante bienvenido. Mis labios sonrieron con satisfacción. Me incliné hacia el cuello de mi corcel y forcé mis botas contra su costado. Su zancada ahora se convirtió en un galope rápido... entramos en la ciudad y cogimos todo lo que pudimos. Sacos de grano del mercado, madera y bronce de una herrería cercana. 

Ahora se podían escuchar voces a medida que los habitantes se despertaban por sorpresa, "¡nos atacan, deprisa, a lar armas, no dejéis que se escape el ladrón!" Los gritos resonaban a través de las murallas de la ciudad ahora. “Cerrad las puertas”, alguien gritó, “¡no dejéis que se escape!”. 

Saqué mi gladios de su vaina y lo pasé por todo aquel que se interpuso en mi camino. La sangre cubrió el suelo y las cabezas volaron por el aire a medida que me abrí paso hasta las puertas de la ciudad y al caliente y seco desierto, una vez más.

Volví a casa a mi ciudad y tiré las bolsas de botín a los pies de mis esclavos. Entré en mis aposentos privados, me quité mis polvorientos y sangrientos ropajes y me acerqué a la tina de agua caliente que habían preparado para mí. Un vaso alto de vino y toallas habían sido colocados cuidadosamente sobre una pequeña mesa al alcance del brazo. Me instalé en la bañera y tiré mi cabeza contra la almohada que aguantaba un esclavo, un suspiro de satisfacción se hizo eco de la sala a medida que mis pensamientos vagaban hasta cosas más agradables y me hacían olvidar los eventos del día.

No habían pasado más que un par de horas cuando el general de mis ejércitos me informó de que nuestras colonias estaban siendo sitiadas.

Un pequeño campesino fue llevado ante mí y arrojado al suelo. Desenvainé mi gladios y apunté a la garganta del mensajero. "Perdonad a este humilde campesino, mi Lord, vengo con un mensaje de la Ciudad que habéis devastado. “Tomé el pergamino de su mano y lo desplegué para leer el mensaje de su interior.

Después de muchos intentos de recuperar el control de nuestros graneros y minas, envié a un mensajero para entregar una fuerte misiva al Hegemón del tonto insolente que se atrevió a cometer tales acciones.

Un nuevo día ha amanecido y una vez más he montado mi corcel hacia las polvorientas afueras con mis poderosos ejércitos.

Después de un día de viaje, el mensajero entregó el pergamino, del que el Hegemón leyó la amenaza en voz alta a sus generales.

Mientras tanto, al acercarme a la poderosa imagen del Panteón, preparo a mis ejércitos con un discurso emotivo: “¡Recordad este día hombres, por que será vuestro para siempre! ¡No les deis NADA! ¡Arrebatádselo todo! “

¡AUU! ¡AUU! ¡AUU!

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Sparta: War of Empires